Anguiano

Portada del programa de fiestas de 1974
Portada del programa de fiestas de 1974

Leyenda y Crónicas

CRÓNICA: LA REVUELTA DE “EL ENCINEDO” (relato de 1974)

Redacción del programa de fiestas de 1974, en el que se habla de la conocida vuelta de Encinedo.

El encabezamiento de estas líneas no necesita aclaración para los del pueblo, pero para quienes no lo sean conviene aclarar que no se trata de una revolución o de un alboroto ocurrido en lugar determinado o acaudillado por alguien. La revuelta de “El Encinedo” es el nombre que damos a una curva, muy pronunciada, de la carretera que, subiendo de Bobadilla, pone ante nuestros ojos dos de los barrios de Anguiano.

Y se me ocurre escribir algo sobre “El Encinedo” porque es una expresión que se empleaba mucho, especialmente por los que vivían fuera. Hablo en tiempo pasado, ya que esa curva ha perdido mucho de su popularidad a pesar de conservarse como siempre; a la izquierda, su promontorio coronado por los pajares, y a la derecha, la curva de Nuño, con el cauce del Najerilla allá abajo cortando los riscos.

En aquellos tiempos (no hace tantos años) el salir a más de cuarenta kilómetros del pueblo era un acontecimiento poco corriente; y al pasar “El Encinedo” parecía que uno se iba demasiado de lo suyo. Unos meses fuera (no importa dónde e incluso cerca) y se empezaba a pensar con nostalgia en el pueblo. Recuerdo haber oído con bastante frecuencia a personas que tuvieron que estar fuera algunos meses: ¡Qué ganas tenía de verme en “El Encinedo”.

Cuando se esperaba a algún huésped o familiar se salía a la carretera con una hora de anticipación como disculpa para pasear un rato, hasta que algún chaval daba ese grito que tantas veces hemos oído.: EL COCHE CORREO POR EL ENCINEDO; y nos acercábamos al lugar en que tenía señalada la parada, a la que acudía siempre fiel a la cita –incluso domingos y festivos- y reconociendo no obstante que con poca formalidad en cuanto a efectos puntuales.

Queda expuesto que ha perdido mucho de su encanto “El Encinedo”; ahora el viajar, y no precisamente a cuarenta kilómetros, es habitual. De este afortunado cambio de vida basta señalar que a nuestras fiestas de la Magdalena vienen algunos americanos. (También para los de fuera hay que aclarar que en lo de “americanos” no nos referimos a los que van a la Luna o viven en la Quinta Avenida; para el caso “americanos” son los anguianejos que se fueron a Buenos Aires a probar o hacer fortuna; que antes se conformaban con volver cada diez  años y ahora tardan menos en llegar a Anguiano que el tiempo que entonces empleaba el carro de El Ausejano en subir las mercancías desde Logroño). Por eso, por este cambio, “El Encinedo” ha perdido mucho de su encanto. Ya no se espera a que asome el coche correo por “El Encinedo” porque nuestros huéspedes o nuestros parientes vienen con más frecuencia y, un buen tanto por ciento de ellos, en su cochecito, no teniendo que hacerlo a la parada fija, aunque a veces con menos puntualidad aún que aquellos coches grandes de la Empresa Juan Martínez.

A pesar de todo, creo que a los mayores aún nos queda algo de aquello que se sentía al doblar la curva de “El Encinedo”, porque la curva parece el mirador del pueblo. Al acercarse, después de pasar la cueva de Los Siseros, se ven al frente los dos riscos; poco a poco, allá abajo, la unión de los dos por el puente de la Madre Dios; el Vercolar, Mediavilla, Eras, Las Cocheras… Llegar a “El Encinedo” era estar ya en casa.

Sin embargo, el Risco del Puente nunca tuvo esa importancia; quizá porque los viajes hacia la Sierra eran casi siempre para un día. Por “El Encinedo” se hacían las salidas para desplazamientos largos y éste puede ser el motivo de que haya tenido tanta carga emocional.

¡Ah!, y la víspera de la Magdalena (o por lo menos el mismo día por la mañana) quisiera verme en “El Encinedo”